DISCURSO VICEPRESIDENTE ÁLVARO GARCÍA LINERA, 6 DE AGOSTO DE 2017

Miércoles 14 de febrero de 2018

Hace 3.800 millones de años atrás, surgió la vida primaria en nuestro planeta tierra, desde entonces, al menos, en cinco ocasiones, el mundo sufrió extinciones masivas que pusieron en riesgo la continuidad de la vida. Hace 430 millones de años, un enfriamiento global acabó con el 80 % de las especies vivas del planeta. Hace 360 millones de años atrás, un calentamiento global redujo el oxigeno de los océanos, extinguiendo el 77 % de los seres vivos. En el Pérmico tardío, hace 260 millones de años atrás, gigantescas erupciones volcánicas mataron al 90 % de las especies marinas y al 70 % de las especies terrestres. Hace 200 años, otras erupciones masivas destruyeron la capa de ozono y exterminaron al 75 % de todas las especies vivas que habitaban el planeta. Hace 65 millones de años, el famoso meteorito se encargó de hacer desaparecer a más de la mitad de las especies animales conocidas hasta entonces.

Calentamiento y enfriamiento global forman parte de la historia natural de la tierra, sin embargo, desde hace unos 90 mil años atrás, una nueva extinción de especies provocada por un ser vivo se ha iniciado, el homo sapiens, el ser humano, que inicialmente surgió en África y que luego migró a otros continentes, introdujo, inicialmente, la caza masiva que llevó a una disminución acelerada de los mamíferos grandes que dominaban la tierra.

La agricultura, iniciada hace 13 mil años atrás, modificó drásticamente la superficie terrestre llena de bosques y ahora la Revolución Industrial no solo ha provocado que los últimos 200 años se incremente en un 400 % la extinción de las especies humanas, sino que la actividad humana está llevando al planeta a un nuevo calentamiento global cuyas consecuencias ponen en riesgo la vida entera.

Cambios abruptos del clima, sequías prolongadas en regiones anteriormente húmedas, deshielo de antiquísimos glaciales que suben el nivel del mar, cataclismos ambientales, huracanes con fuerza nunca antes vistas, desbordes crecientes de ríos son solo unos cuantos de los efectos de lo que el ser humano está provocando en los últimos 200 años.

No obstante, la manera en que las catástrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homogénea ni equitativa, mucho menos lo es la responsabilidad de cada ser humano que tiene en el origen de las mismas. En la última década se puede constatar que las catástrofes naturales más importantes están presentes por todo el globo terráqueo, sin diferenciar continentes o países, en ese sentido, existe una democratización geográfica del cambio climático, sin embargo, los daños y efectos que estos desastres provocan en las sociedades, claramente están diferenciados por país, por clase social y por identificación étnica.

De manera consecutiva hemos tenido periodos, 2014 y 2016, los años más calurosos desde 1880, lo que explica la disminución del ritmo de lluvias en muchas partes del planeta, aún así, los medios materiales disponibles para soportar y remontar estas carencias y, por lo tanto, los efectos sociales resultantes de los trastornos ambientales son abismalmente diferente según el país y la condición social de las personas afectadas, por ejemplo, ante la escasez de agua en California, Estados Unidos, la gente se vio obligada a pagar hasta un 100 % más por el líquido, aunque esto no afectó el régimen de vida de las familias norteamericanas; en cambio, en el caso de la Amazonía boliviana, brasileña, ecuatoriana, peruana y en las zonas de altura del continente latinoamericano se tuvo una dramática reducción del acceso a los recursos hídricos para las familias indígenas, provocando malas cosechas, restricción en el consumo humano de agua y, especialmente, en nuestra Amazonía, parálisis de una gran parte de la capacidad productiva extractiva con lo que las familias garantizaban su sustento anual.

El paso del huracán Catrina en New Orleans, el año 2005, en Estados Unidos, dejó más de dos mil muertos, miles de desaparecidos y un millón de personas desplazadas, pero los efectos del huracán no fueron los mismos para los ricos y para los pobres, el 68 % de las personas fallecidas y el 84 % de las desaparecidas eran de origen afroamericano, ello porque en las zonas propensas a ser inundadas, donde el valor de la tierra es menor, viven las personas de menores recurso que son afrodescendientes; mientras que los que habitan en las zonas altas, son ricos y blancos.

En este y en todos los casos la vulnerabilidad y el sufrimiento se concentra en los más pobres, indígenas, negros, latinos, es decir, en las clases e identidades socialmente subalternas, de ahí que se puede hablar de un enclasamiento y oligarquización de los efectos del cambio climático.

Entonces, los medios disponibles para una resiliencia ecológica ante los cambios medioambientales dependen de la condición socioeconómica del país y de los ingresos monetarios de las personas afectadas y dado que estos recursos están concentrados en los países con las economías dominantes, a escala planetaria y en las clases privilegiadas, resultan que ellas son primeras y únicas capaces de soportar y disminuir, en su vida, esos efectos del cambio climático, comprando casas en zonas con condiciones ambientales sanas, accediendo a tecnología preventiva, disponiendo de un mayor gasto para el acceso a bienes de consumo y demás; en cambio, los países más pobres y las clases más pobres tienden a ocupar espacios en condiciones ambientales frágiles o degradadas, carecen de medios para acceder a tecnologías preventivas y no pueden soportar variaciones sustanciales en los precios de los bienes imprescindibles para mantener sus condiciones de vida.

Por lo tanto, la democratización geográfica de los efectos del cambio global se traduce, instantáneamente, en una concentración nacional, clasista e identitaria de los sufrimientos y del drama causado por el cambio climático. Esta concentración clasista del impacto ambiental se vuelve paradójica, e incluso, moralmente injusta, cuando se comparan los datos de las poblaciones afectadas en sus condiciones de vida, con los datos de las poblaciones causantes del cambio climático.

Desde el siglo XVIII, Europa, luego Estados Unidos, y, en general, las economías capitalistas desarrollada y colonizadoras del norte son las principales emisoras de los gases de efecto invernadero que están causando las catástrofes climáticas, sin embargo, los que sufren los efectos devastadores de estos fenómenos, son los países colonizados, subordinados y más pobres, como África y América Latina, cuya incidencia en la emisión de gases de efecto invernadero es mucho menor.

Según los datos del Banco Mundial, Kenia contribuye con el 0,1 % de los gases de efecto invernadero, pero las sequías provocadas por el impacto del calentamiento global llevan a la hambruna a más del 15 % de su población, en cambio, en Estados Unidos, que contribuye con el 15 % de los gases de efecto invernadero, la sequía solo provoca una mayor erogación de los costos del agua, dejando intactas las condiciones de vida de sus ciudadanos.

En promedio, un alemán emite 9.2 toneladas de CO2, que provoca el calentamiento global, en tanto que un habitante de Kenia solo 0,3 toneladas, no obstante, quien lleva en sus espaldas el peso del impacto ambiental es el ciudadano de Kenia y no el alemán; datos similares se pueden obtener comparando el grado de participación de los países del norte en la emisión de gases de efecto invernadero, como Holanda, diez toneladas métricas por persona al año; Japón, siete toneladas métricas al año; Reino Unido, 7.1 toneladas métricas al año; España, cinco toneladas métricas al año; Francia, ocho toneladas métricas, pero son países con alta resiliencia ecológica, es decir, con recursos económicos suficientes para mitigar el impacto del cambio climático en sus habitantes.

En cambio, países del sur, con baja participación en la emisión de gases de efecto invernadero, como Bolivia, 1.6 toneladas; Paraguay, 0,7 toneladas; India, 1.5 toneladas; Zambia 0,2 toneladas, son los que están atravesando dramas sociales producidos por el cambio climático generado por otros países.

Tenemos, entonces, una oligarquización territorial de la producción de gases de efecto invernadero, una democratización planetaria de los efectos del calentamiento global, pero una desigualdad clasista y nacional de los sufrimientos y de las conmociones medioambientales.

En otras palabras, los culpables del calentamiento global no sufren los efectos de la catástrofe ambiental. En cambio, los que emitimos menos gases de efecto invernadero, somos los que más sufrimos los impactos de ese calentamiento global. De ahí la paradoja medioambiental: las naciones, cuanto más destruyen el medioambiente, menos impacto ambiental sufren y las naciones que menos afectan al medioambiente, más impacto sufren en sus condiciones de vida.

Bolivia contribuye apenas con el 0,1, repito, 0,1 % de los gases de efecto invernadero. Con sus árboles, de nuestra Amazonía, capturamos y limpiamos el 2 % mundial del dióxido de carbono contaminante, encima, aportamos al mundo con el 2 % del oxígeno de nuestro planeta. Se puede decir que tenemos una ecuación ambiental positiva, porque emitimos pocos gases de efecto invernadero, limpiamos esos gases de efecto invernadero y contribuimos al mundo con 20 veces más de oxígeno de lo que contaminamos.

Sin embargo, nuestra población está padeciendo terribles sequías que afectan su vida diaria, y encima, las oligarquías extranjeras contaminantes del planeta nos exigen sacrificios para cuidar el medioambiente que ellos destruyen. Si la naturaleza comunica los impactos de la acción humana en su metabolismo de una forma jerarquizada, también existen discursos referidos al medioambiente, parcializados, de una manera todavía más escandalosa, o peor aún, que legitiman y encubren estas focalizaciones regionales clasistas del impacto ambiental.

En Estados Unidos, en los años 70 del siglo XX, surgió un tipo de discurso medioambiental que desplazó del debate público la temática social del movimiento obrero, de las minorías étnicas y de los pobres. Se trataba de un discurso que sobreponía la temática del cambio climático a las urgentes demandas sociales de la población, cosa que fue aplaudida por el gobierno y las corporaciones empresariales que diluyeron la presión que estaban soportando por parte de sindicatos y movimientos sociales.

De ahí, como señala un sociólogo francés, en Estados Unidos el color de la ecología no es verde, sino blanco, no solo por la mayoritaria condición social de sus activistas, por lo general blancos, de clase media y alta; sino también por la negativa de sus grandes fundaciones a involucrarse en temáticas medioambientales urbanas que afectan directamente a los pobres y a las minorías raciales.

Al parecer, para ciertos empresarios y algunas ONG del norte, la naturaleza que vale la pena salvar o proteger no es toda la naturaleza, sino solamente aquella parte “salvaje” que se encuentra esterilizada de pobres, esterilizada de negros, esterilizada de campesinos, esterilizada de obreros, esterilizada de latinos, esterilizada de indios con sus molestosos problemas sociales y laborales. Su idea oligárquica de naturaleza excluye el ser humano y lo que hay que proteger son santuarios puros donde ir a pasar vacaciones sin tener que soportar las demandas sociales de los pobres.

En los países del sur, en todos los casos financiados por empresas del norte, ha surgido un tipo de ambientalismo colonial elitista y ciego ante la problemática social de los pueblos. Este tipo de medioambientalismo colonial propone tres cosas: en primer lugar, el fomento de la autoculpabilización ambiental de los países pobres y eso lo logran distribuyendo la responsabilidad del cambio climático de manera homogénea, es decir, haciendo responsable de igual magnitud a países pobres como a países ricos, de ahí que para estos medioambientalistas coloniales talar un árbol para sembrar alimentos en un país pobre tiene tanta incidencia en el cambio climático como instalar una fábrica de millones de automóviles contaminantes en un país desarrollado.

Y como en la mayoría de los países subalternos existe una apremiante necesidad de utilizar los recursos naturales para aumentar la producción alimenticia u obtener divisas a fin de acceder a tecnologías y superar las condiciones de vida heredadas tras siglos de colonialidad, entonces, para estas corrientes ambientalistas coloniales, los mayor responsable del calentamiento global son estos países pobres que están afectando a la naturaleza.

No importa que su contribución a la emisión de gases de efecto invernadero sea del 0,1 %, como es el caso de Bolivia, o que el impacto de los millones de coches y miles de fábricas de los países del norte afecte cien o mil veces más al cambio climático; para ellos, como todos son igualmente responsables, la culpabilidad del país desarrollado la carga en los hombros del país pobre.

De esta manera, un campesino de Kenia que transporta sus alimentos en la espalda, carga también en sus hombros la responsabilidad de la contaminación de los cinco autos y de los miles de litros de gasolina contaminante de cualquier familia norteamericana o europea.

Surge así una naturalización de la acción antiecológica de las economías de los países ricos, de sus consumos y de su forma de vida cotidiana que, en realidad, esos son los causantes históricos de las catástrofes medioambientales.

Esta esquizofrenia llega, incluso, a tales extremos que no faltan parlanchines que reciben jugosos salarios en dólares, que señalan que la reciente sequía en la Amazonía es responsabilidad de unos cientos de campesinos e indígenas que habitan sus parcelas familiares y que se han puesto a cultivar alimentos, y no, por ejemplo, del incesante consumo de combustibles fósiles que en un 95 % proviene de 20 países altamente desarrollados e industrializados del norte.

Un segundo componente de esta construcción discursiva colonial es el apoyo a la financiarización de la degradación ambiental; en los países capitalistas desarrollados ha surgido una economía de seguros y de reaseguros expansiva y altamente lucrativa, que protege a las empresas multinacionales, gobiernos y personas de catástrofes ambientales. Con el silencio cómplice del medioambientalismo colonial, el desastre ambiental ha devenido también en un lucrativo y ascendente negocio de aseguradoras y reaseguradoras que protegen las inversiones de grandes empresas contra crisis políticas, contra cataclismos naturales mediante un mercado de bonos catástrofe, según el Banco Mundial, volviendo al capitalismo resiliente al calentamiento global.

En los países del sur, a través de algunas fundaciones y algunas ONG, las grandes multinacionales del norte financian supuestas políticas de protección de los bosques, todo a cambio de certificados de emisión reducida, CER, que se cotizan en los mercados de carbono. De esta manera, por una tonelada de CO2 que se deja de emitir en un bosque de la Amazonía, gracias a unos miles de dólares entregados a una ONG que impide su uso agrícola, una industria norteamericana o europea de armas, autos o acero que utiliza el carbón y emite gases de efecto invernadero puede mantener inalterable su actividad productiva, sin necesidad de cambiar de matriz energética o de reducir su emisión de gases, ni mucho menos, parar la producción de sus mercancías medioambientalmente depredadoras.

En otras palabras, a cambio de cien mil dólares invertidos en un alejado bosque del sur y canalizada por una ONG ambientalista, la empresa del norte puede ganar y ahorrar cientos de millones de dólares, manteniendo la lógica del consumo destructiva e inalterada. Así, hoy, el capitalismo depreda la naturaleza y eleva las tasas de ganancia empresarial, convierte la contaminación en un derecho negociable en la bolsa de valores, hace de las catástrofes ambientales provocadas por la producción del capitalista una contingencia sujeta a un mercado de seguros y, finalmente, transforma la defensa de la ecología de los países en el sur en un redituable mercado de carbono concentrado por las grandes empresas y países contaminantes.

Por último, este tipo de colonialismo ambiental recoge del norte el divorcio entre naturaleza y sociedad, con una variante, mientras que el ambientalismo dominante en el norte propugna una contemplación de la naturaleza purificada de seres humanos, su política de exterminio de indígenas les permite ese exceso, el ambientalismo colonizado en el sur, por la fuerza de los hechos, se ve obligado a incorporar a este tipo de naturaleza idealizada, a los indígenas que inevitablemente habitan en el bosque, pero no a cualquier indígena, porque para ellos el indígena aymara o tsimane, que cultiva la tierra para vender en los mercados, el que reclama por un colegio, hospital o carretera, no es un verdadero indígena, sino un falso indígena, un indígena a medias, en proceso de campesinización, de mestización, por lo tanto, para ellos sería un indígena impuro, para el ambientalismo colonial, el indígena verdadero es un ser carente de necesidades sociales, que no necesita comercio ni transporte, ni colegios y que debería vivir como hace 500 años para ser fotografiado para la postal del turista extranjero.

En síntesis, hoy no hay nada más intensamente político que la naturaleza y el debate sobre el medioambiente, lo lamentable es que en este campo de fuerzas ideológicas sobre el medioambiente, las políticas dominantes mundiales son hasta ahora las políticas de las clases mundialmente dominantes, por eso es imprescindible el surgimiento de un medioambientalismo, de una ecología, social, que al tiempo de promover la protección de la naturaleza incorpore, también, las necesidades de una parte de esa naturaleza: el ser humano que tiene demandas sociales que deben ser satisfechas mediante la transformación de la naturaleza.

Este ecologismo socialista debe recuperar el necesario equilibrio que Marx llamaba metabólico entre naturaleza y sociedad, entre naturaleza y humanidad y lo debe hacer tomando en cuenta las necesidades de las clases populares y de los países pobres; pero, por sobre todo, debe denunciar una infame división del trabajo mundial medioambiental entre, por una parte, países ricos del norte que consumen mercancías alocadamente, que llenan la atmosfera de gases contaminantes, que destruyen sus bosques y tienen sus necesidades humanas satisfechas y, por otra parte, países del sur que sufren drásticamente el efecto invernadero, tienen condiciones de vida precaria y se los quiere obligar a convertirse en cuidadores petrificados de bosques que solo benefician a los países depredadores del norte.

Un verdadero equilibrio entre Madre Tierra y ser humano requiere, previamente, un equilibrio entre pueblos del norte y del sur, entre ricos y pobres, requiere una redistribución planetaria de la riqueza que saque de la pobreza a millones de seres humanos del sur para que ellos no se vean obligados a usar el bosque o las energías fósiles; no se puede pedir a un campesino del sur que no siembre alimentos en el bosque, que no tale un árbol que garantiza oxígeno para todo el planeta, cuando ese planeta del norte no le da nada a cambio a ese campesino del sur, y encima, los del norte destruyen el medioambiente en una orgía de consumismo que no tiene límite.

Solo cuando el norte decrezca, cuando sus chimeneas industriales se paralicen, cuando sus bolsas de valores se desplomen, cuando sus mega autopistas se llenen de bicicletas, solo cuando el norte reduzca su consumo de combustible fósiles, solo cuando el norte deje de emitir sus millones de toneladas de veneno al aire, solo entonces los países del sur podrán implementar políticas de protección ambiental en beneficio del resto de la humanidad, mientras tanto, el sur y Bolivia tienen el derecho histórico y moral de buscar la mejor forma de satisfacer sus necesidades humanas básicas.

Hoy, al celebrar 192 años de existencia de nuestra amada patria Bolivia, reafirmamos que alcanzaremos y superaremos el bienestar social de todos los países hermanos que nos rodean y lo haremos preservando el medioambiente, industrializando nuestros recursos naturales, redistribuyendo la riqueza común a todos por igual y mejorando la condición de vida de todos los bolivianos, que es, en el fondo, el fundamente de la existencia y perpetuidad de nuestra querida Bolivia.

Hoy estamos aquí, en Pando, agradecemos a la población de Pando que nos ha recibido con tanta generosidad, les hacemos recuerdo a los bolivianos que hace 114 años, cuando perdíamos el territorio del Acre, tardábamos seis meses en llegar acá y nos movilizamos no más de tres mil personas; cuando nos arrebataron el Pacífico, tardamos tres meses en llegar con nuestro ejército y a penas movilizamos 13 mil personas, cuando el enemigo movilizaba 60 mil, en ese entonces, el sentido de patria no acompañaba el territorio, para los que dirigían el país, entonces, la patria era su hacienda o su empresa minera y, por eso, en vez de movilizar cien mil o 200 mil boliviano, a penas movilizaban 13 mil, o tres mil o cuatro mil, porque no les importaba la patria.

Hoy les decimos a los benianos, a los pandinos, a los tarijeños, a los cruceños, a los cochabambinos, a los orureños, a los paceños, a los potosinos que para nosotros la patria está en cada centímetro cuadrado de nuestro territorio. Para nosotros, donde hay un boliviano, donde hay un milímetro cuadrado de territorio, ahí está el Estado en pleno, por eso hoy, acá, en este lugar, anteriormente alejado, al que nadie quería venir a visitar, menos gobernantes, estamos todos, gobernantes, asamblea, juntos para rendir homenaje a nuestra querida patria Bolivia.

¡Que viva Bolivia!
Muchas gracias.